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NECESIDAD DEL ARTE EN LA VIDA HUMANA

Por Lic. Vladimir Orellana Cárcamo*

vladiore@gmail.com

 

“Donde hay emoción hay arte, donde hay arte hay vida, donde hay vida hay esperanza. Donde hay esperanza hay redención”. Las anteriores palabras, con las cuales inicio en esta oportunidad mi texto de opinión, brotaron de la pluma del autor puertorriqueño, Luis A. Ferré, quien supo vislumbrar con claridad meridiana la influencia bondadosa del arte en la vida del ser humano.

Con base a las declaraciones anteriores, cabe preguntarnos: ¿Qué importancia tendrán las manifestaciones del espíritu, específicamente las artísticas, en un mundo tan pragmático y materialista en el que vivimos?

A dicha interrogante, trataré de brindar respuestas de forma general, en el presente artículo. A través del desarrollo de la historia, constatamos que el arte siempre ha acompañado al ser humano en su travesía por este mundo. Al respecto, el historiador de arte de origen húngaro, Arnold Hauser, sostiene, por ejemplo, que las primeras muestras pictóricas, correspondientes a la era del Paleolítico Superior, (caracterizada por la fabricación de herramientas de piedra tallada), no perseguían fines estéticos, sino una finalidad mágica en función de la subsistencia del hombre en su fase nómada, cuyo medio de subsistencia era la caza de animales.

Los primeros hombres pintaron en las paredes rocosas de las cavernas, animales con flechas atravesadas en sus cuerpos. Era una forma de representar “la caza que tenía que caer; o mejor, era la trampa con el animal capturado”, (Hauser, 1980: 16).

El hombre primitivo creía que al dibujar al animal, ya capturado, le sería fácil matarlo cuando le tocara enfrentarse con la presa. Hoy día, esas imágenes visuales, grabadas en distintas cuevas de Francia y España, reciben el nombre de “pintura rupestre” es decir, dibujos o bocetos grabados en piedras o cavernas.

Una de esas cuevas que resguarda las primeras manifestaciones de pintura rupestre lo constituye la Cueva de Altamira (España), descubierta en 1879 por el naturalista español Marcelino Saenz de Sautuola. Ante la maravilla de dibujos de animales encontrados en las paredes de Altamira, Marcelino de Sautuola bautizó dicha caverna con el nombre de “La Capilla Sixtina del Arte Cuaternario”. ¿Y qué decir también de las pinturas realizadas sobre las paredes de las catacumbas romanas, por los primeros cristianos perseguidos durante los siglos I al II? Al respecto podemos decir que sus íconos, que corresponden a tópicos cristianos, no servían para ser adorados, sino que eran alegorías de la nueva fe que habían abrazado algunos habitantes de Roma.

Entre esas obras pictóricas, que aún se conservan en algunas basílicas de Italia y París, sobresalen: El buen pastor, Daniel en el foso de los leones, Adán y Eva en el paraíso y otras no menos importantes. Seguramente los murales que crearon en las catacumbas los primeros creyentes en Cristo, tenían como finalidad, estimular las convicciones de los demás adeptos al cristianismo para no renunciar a sus convicciones en medio de la persecución decretada por el emperador.

Esas muestras del arte de la iglesia perseguida por causa de la fe en el Mesías, constatan que el arte es un fiel reflejo de la época y las circunstancias que lo crearon. Por otra parte, podemos también decir que la música y la poesía son dos expresiones artísticas de gran impacto en la vida de los seres humanos. Ambas, comenzaron a surgir y crecer al calor de los ritos religiosos.

En la Grecia Antigua, por ejemplo, la música y la poesía sirvieron para celebrar festividades solemnes en los templos y palacios. Paralelamente, los rapsodas o poetas griegos se dispusieron a cantar, al compás de los sonidos del arpa, las hazañas de los guerreros, y en los momentos de solaz, música y poesía (que tenían cierto carácter elitista) se fusionaron para entornar los más profundos sentimientos, principalmente de los príncipes y los nobles.

Pero con el transcurso del tiempo, los versos y las melodías, se escaparon de los lugares selectos de la aristocracia, y llegaron hasta el pueblo, para cantar sus alegrías e interpretar sus dolores. Fue así como nacieron en el S. XII d. C, los poetas-cantores de raíz popular, llamados juglares durante la Edad Media. Basten las referencias anteriores, para afirmar que el arte siempre ha significado una necesidad para el ser humano. Pues el arte lo sensibiliza, le permite hermanarse con los sueños, alegrías, tristezas y dolores de sus demás congéneres.

El arte no sólo es un fruto de la creatividad, lo es también de la emotividad. En cierta ocasión el periodista y escritor salvadoreño Walter Raudales, expresó lo siguiente: “Un pueblo que ama la música, lee poesía, que ama la pintura no puede ser violento, pues el arte cultiva sentimientos que de paz”. ¡Qué valoración más profunda y significativa!

Sin embargo, es preciso señalar que en nuestra sociedad, así como existen personas que valoran y de alguna manera apoyan el arte, por otra parte, ocasiona tristeza reconocer que también hay individuos que soslayan o tratan de ignorar el efecto espiritual y sensibilizador que provoca una obra artística. Pues piensan erróneamente, que la ciencia y la tecnología, son las únicas opciones con las cuales se obtiene el desarrollo socio-económico de un país.

Es más, algunos padres de familia, aspiran a que sus hijos tengan un desarrollo brillante solamente en matemática, pues consideran que dicha disciplina desarrolla el pensamiento lógico. Para esos padres de familia, e incluso para algunos funcionarios de estado, las ciencias exactas constituyen lo más importante que los jóvenes deben aprender en su formación académica.

Además, pregonan que la ciencia y la tecnología brindan progreso y bienestar, en cambio, el arte--según su miopía cultural--sólo llenan de ilusiones, sueños y sensibilidad sin provecho práctico para los pueblos. No obstante, dicha percepción es muy limitada, y adolece de cientificidad. Incluso, algunas personas vinculadas a la educación, equivocadamente sostienen que la ciencia y el arte deben estar separados.

Conciben dichas manifestaciones intelectuales como actividades irreconciliables. Sin embargo, podemos afirmar que ni la ciencia es superior al arte, ni el arte superior a la ciencia. Ambas labores que echan mano del ingenio, no se contradicen, sino que se complementan.

Durante el Renacimiento italiano del S. XV, vemos a un Leonardo Da vinci, destacarse como un genial matemático, geógrafo, biólogo, anatomista, pero también como un singular arquitecto, músico, pintor, poeta y escultor. Parafraseando a nuestro Señor Jesucristo podemos decir: No sólo de ciencia vivirá el hombre, sino también de toda manifestación artística. En el ámbito cristiano, pareciera que la única expresión artística más cultivada es la música, la cual goza de gran acepción entre la comunidad de creyentes. Lo cual obedece a su disposición de exaltar a Dios a través de las alabanzas.

Sin embargo, otras ramas artísticas como la pintura, la escultura, la poesía y el teatro no gozan del reconocimiento ni del debido apoyo por parte de los líderes cristianos. Si algún artista visual (pintor o escultor) rinde su vida a Cristo, sus posibilidades de desarrollar su creatividad se verán limitadas ante el poco o nulo incentivo hacia esa clase de artistas. Con base a lo antes expresado, acude a mi mente el caso de un joven que conocí a inicios de 1981, quien recientemente se había convertido al evangelio. Ese muchacho estudiaba en el ahora extinto Centro Nacional de Artes (CENAR) en San Salvador.

Desde niño mostró gran destreza por el dibujo y la pintura. Y en su calidad de estudiante de artes visuales, aplicaba técnicas como el óleo a sus obras, las cuales en su mayoría eran estampas rurales y pueblerinas, las que exponía en la Casa de la Cultura durante las festividades de su municipio. Ya una vez en la iglesia, estimulado por la prédica del mensaje de Dios, sintió la motivación por pintar cosas diferentes de las que comúnmente realizaba. Y se decidió por crear cuadros que reflejaran su nueva vida en Cristo. Con mucha destreza técnica e imaginación produjo una serie de obras, cuyo tema central era exaltar la primacía de la Santa Biblia sobre los demás libros escrito por los hombres.

Cierto día, en compañía de un tío, que también era cristiano, el joven pintor visitó algunas librerías evangélicas de la capital salvadoreña a fin de ofrecer sus “obras pictóricas de contenido bíblico”. No obstante, lo único que recibió de los encargados de dichos establecimientos fue la indiferencia.

Ese muchacho se resintió tanto, que no quiso saber nada de iglesias ni nada que tuviera que ver con asociaciones evangélicas. Prosiguió sus estudios con esfuerzo, y se graduó de Bachiller en Artes. Obtuvo un trabajo como diseñador gráfico en una empresa, y siguió practicando con trazos y colores. Cinco años después de aquella desagradable experiencia, conquistó el primer lugar en un certamen de pintura joven salvadoreña.

Luego aparecieron publicadas en los periódicos nacionales reseñas a cerca de su obra pictórica. Asimismo conquistó otros premios, expuso sus obras en galerías de artes de la capital, y en dos países centroamericanos. Un pincel que bien pudo crear paisajes de redención espiritual, no contó con un espacio en el ámbito evangélico salvadoreño; sin embargo,--aunque me duela reconocerlo-- la cultura secular sí supo valorarlo. Tal vez la experiencia que les he referido, y que vivenció un joven con inclinaciones hacia el arte pictórico, a lo mejor se esté repitiendo en nuestro medio en el cual muchos líderes eclesiásticos no alcanzan a comprender que el arte puede ser de bendición en el anuncio del reino de Dios.

Las librerías evangélicas deben abrir un espacio a nuestros hermanos en la fe que dibujan y pintan cuadros con temáticas cristianas. Asimismo, los medios de comunicación como radio y televisión deben propiciar espacios a la gente con algún talento artístico que se congrega en las diferentes iglesias de nuestro país. Apreciados lectores, nunca piensen que el arte es intrascendente, y que sólo debe verse como algo decorativo para días especiales en los centros educativos e incluso en las iglesias. No, de ninguna manera. El arte debe ser como el aire, el agua, la luz, imprescindible para la vida humana.

Sin las artes, no pudiéramos dar a conocer nuestros sueños y esperanzas, tampoco podríamos darle libertad a la creatividad que tanta falta nos hace hoy en día.

Referencia bibliográfica: Hauser, Arnold. Historia social de la literatura y el arte. Tomo I. Edit. Labor, S.A, Calabria, Barcelona, 1980.

*El autor actualmente es catedrático del Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador. Escribe poesía, ensayo y teatro. Ha publicado: “Jesús en nuestro diario caminar” ( Meditaciones, 2010) y “Guerrero de luz” (poesía, 2014).

 

 

 

 

 
 

 

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